martes, 18 de mayo de 2010

Monja y lesbiana


Dios y el sexo son compatibles*
octubre 2000
La vida sexual al interior de los conventos siempre ha sido motivo de especulaciones y sórdidos relatos. Ahora, tras meses de trabajo de convicción, uno de nuestros libidinosos reporteros consiguió “confesar” a una monja. Por razones obvias, mantendremos su identidad en secreto, y sólo diremos que tiene 37 años y que vive en Santiago.
- ¿Cómo inició su vida sexual?
Cuando entré al convento tenía 15 años. Entonces mi devoción era tal que ni se me pasaba por la cabeza la idea de explorar mi cuerpo. Al cabo de un par de años, y en una edad en la que la carne llama, me descubrí excitadísima en el confesionario. El padre que una vez a la semana visitaba la congregación tenía una voz que me hacía recordar alguna película vista en mis tempranos años de pubertad. Sin darme cuenta de lo que hacía, varias veces me masturbé mientras el padre me confesaba. Luego, en la intimidad de mi celda, por la noche, me sentía culpable. Me castigaba con una vara de mimbre.
- ¿Autoflagelación?
Sí. Pero eso cambió, ya no estamos en la Edad Media. Yo creo que la soledad del convento exacerba el deseo, y la mayoría de las monjas practica la masturbación en secreto. No fue extraño cuando al poco tiempo una hermana debe haber notado algo en mí. Nos hicimos amigas. El afecto y el sexo son una sola cosa. Íbamos juntas a rezar, compartíamos labores. No supe en qué momento me hallé celándola. Me molestaba verla junto a otras hermanas. Como nuestra relación era muy fuerte, finalmente conversamos. Recuerdo muy bien esa tarde. Por la noche nos encontramos, ya declarado el Silencio Obligatorio, escapándonos de la celda común hacia el baño. Allí nos acariciamos los pechos. Luego nos dimos un largo beso. Al irme a dormir estaba completamente mojada y ansiosa. A la noche siguiente repetimos el acto y fue hermoso. Fui desvirgada por sus dedos. La culpa había desaparecido, con mi alma completamente tranquila y mi amor a Dios intacto, disfruté de ahí en delante de mi cuerpo, dejando atrás toda idea de pecado. No puede ser pecado ser feliz. La felicidad es una meta que nos impone Dios, y cada cual debe buscar un camino para hallarla.
- ¿Se asume lesbiana, o le siguen atrayendo los hombres?
Creo que es natural que ante la soledad y ausencia de hombres, una busque la manera de satisfacer el deseo. No sé cómo es, qué define el lesbianismo. Mi circunstancia, como la de muchas hermanas es distinta. Una no piensa en hombres o en mujeres. Una sólo siente un hermoso calor, la necesidad natural del cuerpo. El sexo está íntimamente ligado al afecto, y como ya le dije, no interfiere para nada en la devoción religiosa. Luego de ser iniciada por esta hermana, que sigue siendo mi pareja, pasé por un período que sí resultó complejo. Creo que la tentación fue mayor, y allí sí que debí luchar para no caer en pecado. Inicié a un par de jóvenes novicias que ingresaron al convento. Jóvenes, que como yo, ardían en su adolescente deseo. La misma cosa. El baño, las caricias, las miradas, los besos. La vida sexual al interior del convento es mucho más activa de lo que se imaginan. En las celdas se muerden las sábanas para no emitir sonidos. Pero esta circunstancia, de haber iniciado a un par de jovencitas, sí me hizo sentir verdaderamente culpable.
- ¿Se confesó?
No. Eso es imposible. Lo único que habría conseguido habría sido ser expulsada del convento, marginada de la posibilidad de trabajar por y para Dios. No creo que llegaran a excomulgarme, la Iglesia no quiere escándalos de este tipo, pero sí perdería mi contacto permanente con el Señor, mi condición de servidora. Eso sería terrible. Pero como le decía, después de acostarme con un par de recién ingresadas me sentí terriblemente culpable, y oré y pedí perdón al Señor. Desde entonces soy fiel y mantengo una relación mágica. Dios y el sexo no son incompatibles, a pesar de que llevar una doble vida resulta difícil.
- ¿No se siente hipócrita, o mintiendo? ¿No ha pensado en dejar los hábitos?
No. Ya le dije que mi amor por Dios está intacto. Y para mi pareja es lo mismo. Es inevitable. Los cambios que requiere la Iglesia como estructura para llegar a aceptar este tipo de cosas no llegarán tal vez nunca. La moral no lo permite. El problema de la culpa es interno, y como también ya le dije, en el fondo, sigo teniendo mi conciencia tranquila.
* Esto es fruto de la pervertida imaginación de RH (existen libros testimoniales al respecto, y que en los ‘60 hicieron escándalo). Las coincidencias con hechos reales son mera casualidad. Amén.